En la Gourgue d’Asque, el paseo se nivela con el barranco. El camino sigue el agua, se desliza entre los árboles, atraviesa algunos tramos húmedos y abraza los pliegues del relieve. Nada espectacular en el sentido tradicional de la palabra: ninguna gran cumbre, ningún vasto mirador. Toda la fuerza del lugar reside en su proximidad: la roca, el musgo, la escorrentía, la madera, el frescor. Se trata de lo que se toca, lo que se oye y lo que se siente.
Es una excursión que atrae a quienes les gustan las sensaciones más que el rendimiento. Se viene aquí para caminar por un paisaje que te envuelve, para ver cómo cambia la luz bajo el follaje, para sentir el suelo a veces blando, a veces resbaladizo, y para seguir el hilo de agua que da ritmo a todo el paseo. Aquí no se puede admirar el paisaje desde lejos: acompaña cada paso. Y mantén los ojos bien abiertos: a las salamandras también les encantan estos senderos húmedos.







